La nueva ronda de negociaciones entre el Gobierno y la oposición de Venezuela, asumida en la República Dominicana por el presidente Danilo Medina, parecía encaminarse a un punto de cierta avenencia, al recibir, además, el impulso de un grupo de países identificados con ambas partes.
Era lo que se pensaba y sigue siendo lo que la región espera para regresar a Venezuela a una normalidad que ha perdido desde que a la radicalizada oposición le dio con desconocer la legitimidad del Gobierno del presidente Nicolás Maduro, surgido de elecciones no impugnadas.
Sin embargo, la llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD), el amasijo que representa los diversos y disímiles intereses opositores, ha abortado la próxima ronda de diálogo prevista para reanudarse este mismo mes, lo que significaría un paso atrás en un proceso que se pintaba auspicioso.
La intransigencia de la MUD ante el desafío que le representa enseñar una cara distinta a la violencia, pudiera deberse a una o varias cosas que no se dilucidan públicamente pero que se intuyen.
La primera: que la oposición se haya sentido alentada por un segundo aire gracias a las rondas de sanciones que ha venido aplicando la administración Trump contra líderes del chavismo, sanciones que también ha adoptado el Gobierno canadiense, cuyo primer ministro, Justin Trudeau, está negando a su padre, Pierre Elliott Trudeau, un auténtico demócrata e internacionalista.
La segunda: que ante el deterioro de su posición interna tras la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, la oposición entienda que le resulta mediáticamente más rentable tomar las calles y retomar el camino de la violencia que ha sembrado muerte, destrucción de infraestructura y deterioro progresivo de todo lo útil en Venezuela.
Me inclino por la primera hipótesis, pues dirigentes importantes del conglomerado opositor han saludado públicamente las sanciones, aún a conciencia de que las mismas—como suele ocurrir con estas locuras de las potencias—a quienes realmente afectan es a la población, pues los dirigentes siempre encuentran la manera de hacerles frente a estos disparates económicos y de geopolítica.
Ante la creencia—por demás errónea y desenfocada—de que las sanciones irán erosionando las bases del chavismo hasta eventualmente hacer caer el Gobierno de Maduro, la oposición apuntaría nuevamente a la calle a la espera de que ocurran sus previsiones.
Su posición es sencillamente alucinante. Justifican las amenazas del presidente Trump de no descartar la opción militar contra Venezuela, lo que hace suponer que estarían subidos en los imaginarios tanques norteamericanos que arribasen a Venezuela.
En conclusión: la única opción que existe para la crisis venezolana es continuar con el diálogo. Quien lo dude o apunte en otra vía, está perdido.


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