Sentirse extrañado en una ciudad como Nueva York, tiene sus aristas complejas y entreveradas. Sin embargo en esta metrópoli, pese a los sufrimientos y la sensación de extrañamiento, se podría decir que el inmigrante se institucionaliza y a la vez asume esplendentes disciplinas de buen ciudadano.
El que sobre todo ha trabajado en factorías junto a un conglomerado de abigarradas razas y etnias, se torna tolerante y paciente. La ardua tarea de laborar con pocos espacios de descanso al ritmo de gente de disímiles hábitos y costumbres, nos enseña a compartir penas y convivir con todo el mundo.
Tal vez sea un sainete de los tartufos que nos dominan, el entender que trabajar duro dignifica. Sin embargo, nos alecciona y hace entender el por qué hay que admirar lo valioso y estoico de un obrero.
Pero además, vivir en una ciudad altamente avanzada e industrializada como Nueva York, oblitera los prejuicios y normas que nos rigen desde nuestra infancia y adolescencia; nos enseña a tolerar y comprender que aquí sí hay una armoniosa diversidad devenida en feria de las ideas que, si no nos afectan directamente, hay que respetar.
Y es que, aunque no estemos abrumados de una idónea felicidad-lo cual es una utopía en cualquier entorno-podríamos estar en desacuerdo con esnobismos y otras formas de vida, pero, sentimos el respaldo de un orden de cosas que administra adecuadamente el derecho que compete a un individuo que se considera una persona.
Aún con el aparente inconveniente de que en Estados Unidos sólo hay dos principales corrientes partidarias (demócratas y republicanos), no nos sentimos esquilmados por un grupito de políticos que nos despoja de beneficios elementales. Se nos retribuyen ciertas ganancias; tenemos bienes y servicios aceptables. Asistencia de salud y un transporte que en gran medida nos satisface y, por si fuera poco, apreciamos una justicia que más o menos funciona.
Por demás está señalar que, en cuanto a la senectud y la infausta presencia de enfermedades denominadas catastróficas, se nos brinda la asistencia y protección adecuada. Esto es más trascendente porque, efectivamente, llega a los residentes en proyectos habitacionales que muchos consideran guetos.
Tal vez no debimos asumir la opción de ser naturalizados o residentes de Nueva York. Es posible que, para muchos, esta situación es fruto de una «fuga» forzosa. Sin embargo, hay que estar contestes de que Estados Unidos no es exactamente el paraíso de Arcadia y que, aunque en menor medida, todavía persisten algunas inconsistencias en políticas públicas.
Empero, con todo y algunos inconvenientes, hoy, nos sentimos seres tolerantes e individuos institucionalizados en pos de certeras normas de civilización. Aún en un punto fijo, somos ciudadanos del mundo para quienes los niños y adultos no tienen colores; son nuestros pares, y no nos atormentan sus ascendencias étnicas.
En suma, estas son actitudes que amortiguan todo tipo de xenofobia y discriminación. Esto, aunque ciertamente, entre dominicanos, todavía se extrapola la cerrazón de algunos que tienden a obviar o desconocer la existencia de las ajustadas coherencias de otros.


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