Este mundo, que sigue lleno de miseria, de gente marginada, andrajosa; de millones de niños abandonados, que no son protegidos (a veces ni siquiera por quienes proclaman su creencia por Dios Todo Poderoso), tiene que cambiar, ¡pero de manera urgente!
El universo debe dar un giro -muy pronto- de por lo menos 180 grados. Que ese cambio nos certifique que sus miles de supermillonarios no sean tan avaros, tan ambiciosos y abracen la humildad, el humanismo. Que hagan conciencia (plena) de que nada dura para siempre.
Pero, además, que sepan que ningún miembro de este planeta, por más abultada que sea su riqueza, se irá «al más allá» llevándose en su ataúd -y no importa que esté diseñado con la mejor caoba- con todos sus millones de pesos (dólares, libras esterlinas o los euros de la vieja Europa).
En otros artículos he tocado el espinoso tema de la niñez dominicana abandonada. De esos niños «limpiavidrios», sin escolaridad, así como de los que todos los días deambulan por calles y avenidas del país solicitando alguna dádiva para mitigar su hambre. ¡Qué pena!
Leamos estos contundentes datos ofrecidos por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF): «En el mundo hay 2,100 millones de niños que representan un 36% de la población. Todos los años nacen alrededor de 132 millones de niños. En todo el planeta, 1 de cada 4 niños vive en una situación de pobreza extrema y en el seno de familias tenemos personas que ganan menos de un dólar al día».
Precisar también que La Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) ha confiado a la UNICEF el mandato de promover la protección de los derechos del niño con el propósito de ayudar a satisfacer sus perentorias necesidades.
Se reconoce que el Estado dominicano ha tratado de que la niñez encuentre mejores caminos.
Se han creado organismos para que vayan en auxilio de los niños desamparados y que se les otorguen efectivos beneficios, especialmente en los renglones de salud, alimentación y educación. Y los supermillonarios, ¿qué hacen por esa niñez desamparada y harapienta?
Recuerdo con nostalgia al empresario radiodifusor Rafael Corporán de los Santos cuando, por iniciativa propia, fundó la Ciudad del Niño. ¡Oh proyecto fallido! Fue un gran proyecto, pero no encontró ninguna protección.
La realidad es que nuestra niñez indigente sigue abandonada.


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