En la historia política de los últimos cincuenta años no se ha divulgado ningún documento importante que refiera algún episodio de autocrítica o rectificación pública sobre errores en tácticas o estrategias aplicadas por su dirigencia.
Los eventos más resaltantes de los partidos o movimientos que se autodefinen como tales han sido para decretar división, expulsión o cambios mecánicos de rumbo, pero sin recurrir a la higiene ideológica de la admisión de desvíos o de comisión de errores.
Esa izquierda ha visto correr mucha agua debajo del puente, siempre petrificada y solo los hechos tozudos la obliga a mover un brazo o una pierna, pero siempre sin coordinación con la otra extremidad.
No es mi intención colocar a toda la izquierda en el mismo saco, pero en sentido general, el pensamiento de ese litoral político no ha evolucionado, más bien retrocede cuando cree que avanza, como si los dedos de los pies siempre estuviesen en dirección contraria.
La autocrítica más notable no la hizo un partido ni un movimiento de izquierda, sino un connotado ideólogo marxista, el doctor Juan Isidro Jiménez Grullon, quien admitió que fue un error apoyar el golpe de Estado contra Juan Bosch, en 1963.
En tiempo de áspera confrontación política ni en relativa democracia, la izquierda se ha sometido a un proceso de autocrítica sincero y profundo, sobre errores estratégicos que han sido costosos al proyecto socialista. Simplemente sus dirigentes callan y cambian de rumbo, generalmente con la proa puesta de nuevo en ruta al fracaso.
Lo más puro de la izquierda dominicana se extravió en las escarpadas montaña de Quisqueya, un error político que se atribuye a un desbordado sentimiento patriótico de una pequeña burguesía deseosa de alcanzar su proyecto revolucionario de la noche a la mañana. Una parte de los sobrevivientes de esa gesta se aferraron a la hoz y al martillo y trazaron una línea roja que también se perdió en el laberinto de la historia.
Otros líderes de gran arraigo pregonaron que los comandos clandestinos son la guía y el camino e inauguraron el ideal de la guerra urbana, que tuvo su punto más alto en la inmolación de los mártires del 12 de enero.
No fue posible reproducir aquí el esquema de los Tupamaros o los Montoneros; lo que el movimiento engendró fue a la Banda Colorá, con pequeños burgueses que traicionaron la causa por menos de 30 monedas, mientras otros se acomodaron en los partidos del sistema.
El diario hoy reprodujo una fotografía en primera página donde figuran dirigentes izquierdistas junto a connotados representantes de la derecha, con quienes dicen formar “una alianza opositora”, no se sabe con cuales propósitos políticos. La verdad es que la mentada izquierda sigue dando vuelta en círculo.
jpm


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