La libertad de opinión y de pensamiento no puede ser mediatizada por nadie. En época moderna se manifiesta la autocensura, que es la máxima expresión de las debilidades profesionales. Cuando un periodista acepta censurarse, debe tomar licencia de la profesión.
Llega a ese duro momento por presiones económicas, por miedo, por el golpe del puño de hierro, o por falta de principios. Lo real es que en el mundo y en la República Dominicana, es duro y peligroso el camino para llevar a cabo una prensa democrática.
Ahora está el caso de que la Junta Central Electoral presenta una red de observación, que en el fondo no se sabe cuáles serán sus motivaciones ni lo que busca. En un mundo intercomunicado y donde es difícil controlar la difusión de informaciones, una red de este tipo no tiene razón de ser.
La Junta Electoral no tiene derechos ni atribuciones para poder calificar que es verdad o mentira de lo que pueda publicar un periódico digital o un profesional que utilice las redes sociales. En política la verdad tiene una mitad de la luz, o es una falsedad que se convierte en falsa verdad.
Da la impresión de que con sus presiones, la JCE busca establecer reglas de juego donde para el día de las votaciones solo pueda darse una información oficial. Señores, esa es una época pasada. La famosa cadena electoral, monopolizando todas las informaciones, hoy no puede ser.
La JCE lo único que tiene es que garantizar unas elecciones libres y democráticas. Desde ahí es seguro que las informaciones que se distribuyan serán veraces. Si alguien dice una mentira o atenta contra el proceso, que se acuda a los tribunales; que se le someta a la justicia.
Somos radicalmente opuestos a que desde la JCE se quiera poner cremalleras en los labios, y esposas en las manos, para nuclear las informaciones que ofrezcan sobre la marcha de las futuras elecciones. Ya pasamos la época del centralismo, y un retorno no se puede tolerar.
La Junta tiene que trabajar en su prestigio nacional. Es un organismo que ha sido zarandeado por las improvisaciones, los desafueros y en ocasiones la explosión de egos y de simpatías políticas. Estos jueces heredaron todos esos males, y su principal trabajo, mientras organizan las elecciones, es ganar la credibilidad pública. ¡AY!, se me acabó la tinta.


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