Hace unos días acudimos de urgencia al centro de estudio de mi hijo mayor porque había agredido a una adolescente, la que con toda razón a su vez ripostó con la misma intensidad con que lo hizo nuestro muchacho.
Nuestra postura frente a la impotente madre de la jovencita provocada y agredida por mi hijo fue la de colocarnos en actitud de genuflexión, darle toda la razón y excusarnos en su presencia y en frente de la directora del plantel escolar y de uno de los miembros de su equipo de gestión.
Los padres, madres y los tutores que estamos al cuidado de nuestros muchachos y muchachas debemos cada día vigilar sus acciones en la calle, en la casa y, sobre todo, su comportamiento en la escuela.
No somos partidarios de la violencia, venga de donde venga, mucho menos la que se da entre alumnos de un centro escolar, porque a través del estudio lo que buscamos es el porvenir, el progreso y el bienestar para ellos y el de la familia.
Todo acto de violencia en los que estén envueltos nuestros hijos constituye una bochornosa y terrible vergüenza para la familia, porque la escuela es únicamente un espacio para estudiar y avanzar en la consecución del sueño de ser alguien en el futuro.
Las familias deseamos que nuestros pupilos se esfuercen y logren llegar lo más lejos que las posibilidades brinden.
Soy, pues, de los que entienden que hay que tratar a las niñas, como lo que son, niñas. Debemos estar claro que «Menor», en el argot popular y sexual, es una categoría de mujer.
Demos seguimiento a los pasos de nuestros hijos e hijas; cuidemos en las hembras su peinado, la vestimenta que se ponen, las relaciones con sus iguales; metámonos en sus vidas y revisemos sus tareas y sus cuentas en las redes sociales, fijémonos con quien conversan (chatean). Jamás permitamos que abandonen los estudios.
Recuerdo hace poco, camino a Yamasá, de la provincia Monte Plata, nos detuvimos a saludar a un amigo en el Cruce de Guanuma y quedamos totalmente sorprendidos al ver a una joven de 24 años con un niño hermoso en sus brazos, el cual nos dijo que era su nieto, porque a los 12 años había alumbrado su primera hija y ésta, a la misma edad, parió también a su hijo. Al observar aquello, solo atinamos a exclamar ¡Oh, Dios mío! Y continuamos nuestro recorrido.


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