No pocos intelectuales, periodistas y cientistas sociales, en nuestro país, hacen juicio de valor; y cuando no, relatos y hasta teoría sobre la figura o categoría sociopolítica-jurídica llamada reelección –para mi recurrencia histórica- empinándose, unos, como si tal evento fuese de “generación espontánea”; y otros, obviando, adrede, su intrincado trayecto o recorrido histórico-político vital.
Así, unos hacen de sus “análisis” –antirreeleccionistas- sociología política de supuesta factura “académica” bajo el prisma del sesgo partidario-mediático y de adjudicarle toda suerte de perversidad-retranca política-institucional –obviando, como dije, el recorrido histórico-; mientras que otros, simplemente, la satanizan y zarandean a conveniencias políticas -coyunturales-personales- o, como en el caso de los corruptos, que cada quien tiene el suyo preferido-favorito o no descubierto infraganti.
En mi caso, para qué mentir o desmentirme ahora, he sido antirreeleccionista sin ningún basamento filosófico-doctrinario, sino simplemente auscultando en ese recorrido histórico vital y el caudillismo histórico-estructural previo –los cinco cacicazgos- y post colonialismo español. Pero, más actual –y fáctico-, como peledeísta –por delegación partidaria o centralismo democrático- he sido reeleccionista desde el 2004; y, con más énfasis, desde el 2008 hasta la fecha (mas lo que consignó, al respecto, la Constitución de 2010). De modo tal, que no hay un solo peledeísta –excepción Bosch– que no haya sido reeleccionista.
En el otrora PRD, solo Hipólito Mejía -2000-2004- rompió una tradición antirreeleccionista que, Peña-Gómez y Hatueyde Camps defendieron a capa y espada; pero ambos nunca fueron Presidentes, por lo tanto predecir, en ellos, esa tentación sería un ejercicio de profanación o, si se quiere, irrespeto a su coherencia política y prédica antirreeleccionista, en vida, sin máculas ni resquicios sospechosos. De Balaguer –históricamente-, no se necesita mayores dictámenes: trujillista, déspota-ilustrado y reeleccionista consuetudinario.
No obstante, quisiera volver a la pregunta-título: ¿Delito o recurrencia histórica-cultural? De verdad –jurídicamente-, que no hay delito en modificar la Constitución (y no estoy alentando a nadie), siempre y cuando, se haga como ella ordena, pues no es un manto pétreo ni tabla de Moisés; y en el caso nuestro –subdesarrollo institucional-, harto está demostrado que es recurrencia histórica-cultural. ¿O acaso, de quedarse como está, quién puede garantizar que, en el 2028, no nos encontremos, de nuevo, en el mismo dilema-escenario de hoy?
Sin embargo, llama la atención –desde la última encuesta Gallup-ASISA- un curioso “hallazgo”: posición-nacional frente a la figura de la reelección por encima incluso de los temas inseguridad ciudadana, desempleo, impunidad y corrupción, máxime si sabemos que dos de esos ellos –corrupción e impunidad- motorizaron la ya replegada Marcha Verde.
Esa apropiación o rechazo colectivo sobre una recurrencia histórica, podría sugerirnos dos cosas: percepción política-mediática-inducida o, sesgo-fijación interesada de marketing político.


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