La historia de América no registra una sociedad que haya luchado más por su identidad que la dominicana. Esta cuna civilizadora del Nuevo Mundo supera ya los cinco siglos batallando sin ningún tipo de tregua contra la hostilidad e intereses de radicales fuerzas foráneas.
Hacemos frontera con el país más pobre, resentido, inculto e incivilizado del hemisferio. Tan lejos de Dios y tan cerca de Haití. El desdichado pueblo haitiano hoy en día pide una revolución, pero ya nadie cree en esas revoluciones, que en realidad son involuciones.
Desde su inicio como nación, su grandeza fue sacar la cultura europea de su nuevo estado, para luego conquistar a los dominicanos. Para ellos, revolución es sinónimo de exterminio: se llevan ese mérito y reconocimiento.
Ellos deben ser reestructurados como nación y luego como Estado. Tenemos una extensión de África a menos de 300 kilómetros de distancia de Santo Domingo, hambrienta y enardecida: ¿cómo rayos no debemos preocuparnos?
La historia está ahí como prueba irrefutable de la ignominia haitiana. Nuestra memoria histórica registra que hemos sido un pueblo que ha resistido y enfrentado a Haití. La memoria es el principal activo cultural de una nación, porque de ella surge la identidad. Hay que aplicar un juicio histórico para no ser una sociedad desjuiciada o ignorante. La historia hay que leerla y releerla para fortalecer la conciencia nacional.
Ellos nos quitaron el español por un tiempo; nos cerraron la Primera Universidad de América, que según Pedro Henríquez Ureña fue el primer centro de americanización del español en el continente. Presionaron al Gral. Santana para que cediera el territorio a ser convertido en nación de los afrodescendientes estadounidenses y haitianos. Presionaron a Trujillo a ceder territorio nacional y luego, el Dr. Balaguer se quejó de proyectos fusionistas.
Los haitianos desde aquella época han producido cambios políticos, económicos, sociales, culturales y geopolíticos en nuestra nación. En la actualidad está ocurriendo una “inexplicable” situación que no se sabe si es un experimento, aventura, tragedia o una combinación de esas desgracias para perjuicio nacional.
Esto lleva a que tengamos que adelantar cuanto antes el muro fronterizo, y se debe destacar la deuda pendiente: porque los territorios no se usurpan ni se ceden.
Queremos, dentro del marco de nuestras profundas convicciones, ver crecer a Haití como nación, si fuera posible al mismo ritmo que nosotros; pero siempre exigiendo la garantía de no agresión a nuestras fronteras y soberanía.
Que nos garanticen que su “revolución” no cruzará el río Masacre, cuya historia fue marcada por hechos de sangre. Debe evitarse por todos los medios una hecatombe o persecución de ilegales haitianos en todos los lugares habitables del país.
JPM


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