Lo sucedido en el capitolio de Washington es un claro reflejo de lo que se movía dentro de la cabeza del controversial presidente de los Estados Unidos.
Siempre he escuchado, más en esta parcela, que los grandes hombres no son tales por su comienzo o trayectoria sino como terminen.
Y como diría una canción del fallecido baladista español Camilo Sesto, lo de este personaje no se puede consignar en una lápida como “triste final”.
Porque convocar una incursión violenta hacia la solemne sede de esa institución, deja mucho que desear, sobre todo frente a los históricos y recurrentes esfuerzos de esa nación para tratar de posesionarse como un ejemplo de disciplina, democracia y orden. Lo sucedido ahí dejó mucho que desear.
Y no solo los norteamericanos tendrán de que hablar por mucho tiempo sobre el funesto final de quien fuera el presidente número 46 de la poderosa nación de Norteamérica.
También lo harán aquellos países y gobernantes cuyas gestiones fueron socavadas por su administración. Y no se asombren si nace una producción cinematográfica sobre esta triste realidad.
He dicho.
JPM


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