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Nuestra democracia, además de lo frágil y décadas que venimos construyéndola, adolece de un mal endémico u estructural que es histórico y filosófico a la vez. Histórico porque el caudillismo, como secuela histórica-cultural, se resiste a desaparecer aunque la realidad, social y tecnológica, cambió; y es también filosófico, porque ni siquiera los actores o “lideres” políticos no pueden (¿…?) deslindar cuando un momento o una coyuntura es de patria o nación y, en consecuencia, como ahora -frente a la pandemia del coronavirus-, cerrar filas con el jefe de estado de turno y arrimar hombros en aras de superar y afrontar, juntos, una amenaza social y sanitaria global. Sin embargo, con sus contadas excepciones, la fotografía de nuestra clase política, es de puro paleolítico, pues cada quien -“líder” o candidato- quiere proponer su panacea sin exhibir, siquiera, la cortesía de ir a dialogar con el jefe de Estado. Y de una “Opinión pública” asaltada por “periodistas” políticos, ni hablar, pues, solo hay que dar un clic, en cualquiera de sus modalidades, e inmediatamente aflora la lucha política, las mentiras, las campañas sucias; en otras palabras, el estercolero más degradante de un “periodismo” oposicionista que da vergüenza ajena. Y solo posible, por el rasero de odio y resentimiento que lo anima. Cierto que la pandemia llegó en medio de una campaña política-electoral tras el dominio o control de los poderes públicos; pero ni así, se justifica semejante canibalismo político-electoral. Creía que podíamos ingeniarnos, creativamente, llevar, como patria, la pandemia; y, al mismo tiempo, una campaña de decencia y propuestas y no este deprimente espectáculo de politiquería barata o de no querer reconocer que hay un líder nacional -el Presidente- que se ha despojado de partidarismo, de conveniencias coyunturales y que, como un estadista, se ha puesto a la altura de la circunstancia. Da vergüenza ver, escuchar o leer como, en las redes sociales y otros medios, una minoría ultraderechista y su batería “periodística e intelectual” -mas interactivos desaprensivos- llevan la voz cantante en materia de noticias falsas, insultos y bajezas de toda laya. Incluso, en ese sucio libreto, no ha faltado teatro mediático de “rechazo” a la ayuda social, y algo peor, inducción sutil a la desobediencia civil. Ni a Joaquín Balaguer –déspota ilustrado–, en tiempo de desastres naturales o crisis sanitaria, se le hizo semejante cruzada malévola… Y todavía tienen el tupé de criticar al que, como empresario -a su manera y decencia (Gonzalo Castillo)-, está haciendo su contribución social y, de paso, exponiendo su vida, mientras otros se solazan en la oposición más fácil -¡criticar!- desde su confort; en vez de decir presente –¡constante y sonante!-. Pero qué va…! JPM |
Una democracia malentendida
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