Este 30 de mayo se cumplieron 58 años de la muerte de Rafael L. Trujillo Molina. Se ha escrito en exceso sobre su vida, pero siguen apareciendo detalles interesantes. Es conocido que en los hogares y a la entrada de las grandes ciudades había un letrero que rezaba: ¡Dios y Trujillo! Es poco conocido lo que me contó don Mario Read Vittini (y lo relata en su excelente libro “Trujillo de Cerca”) de que había gente que tenía al tirano como un santo en un altar, al que le prendían velas y rezaban pidiendo milagros.
La Iglesia Católica tuvo que ver con santificar, igualar al tirano con Dios: en algunas parroquias entonaban canciones a “San Rafael”, refiriéndose al santoral (el Santo Rafael) o el día que nació Trujillo (que se llama Rafael). Nació el 24 de octubre de 1891. Lo único que faltaba era que dijeran “San Trujillo”, pero lo acomodaron y decían “San Rafael”…
Hay historiadores que afirman que al año se hacían alrededor de 5 mil misas dedicadas a Trujillo. Es una cantidad exagerada, debido a que es un país pequeño y de una población rural y reducida. Todo el que profesaba algún tipo de creencia (santeros o brujos) estaba alineado con el dictador.
Un escrito de Diario Libre (11 / 06 / 2011) dice que Trujillo era el “Heraldo de una Verdad Superior que se hizo endiosar por sus cofrades con títulos y elogios para hacerle creer al pueblo que era la encarnación de Dios”. Indica que Trujillo hasta pretendió ocupar el sitial de Dios, “cuando plasmó esa blasfemia en la placa de metal que obligatoriamente había que comprar y colocar en la entrada de todos los hogares, la cual tenía impresas estas palabras: Dios y Trujillo».
Y sigue diciendo que por ventura del pueblo dominicano, este tirano que nunca admitió ser una frágil criatura olvidó, que «la contabilidad del Altísimo no solamente es justa, sino que lleva sus libros exactos»; y por eso, no murió en su cama; ni como César, «en las escalinatas del Senado,» sino, que fue «ajusticiado a la orilla del camino como un bandolero cualquiera,» en cumplimiento a lo dispuesto en el idóneo juicio del Profeta Isaías que aparece en el capítulo 40, versículos 23 y 24: «Dios convierte en nada al poderoso y hace desaparecer al que oprime a su pueblo, que para él, es como una planta tierna recién plantada, como si su tronco nunca hubiera tenido raíz en la tierra, a la que sí sopla se marchita, y el torbellino se la lleva como hojarasca».


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