Sé, y no es un cumplido propio de la diplomacia periodística o de índole política, que al escribir el presente artículo no espero ninguna reacción positiva.
Es decir, que aunque en todos los estratos de la sociedad dominicana se conoce -al dedillo, como suelen decir los españoles- la realidad que abate a cientos de miles de niños harapientos, indigentes y arropados por la pobreza más extrema, no se les hará caso a los argumentos aquí expuestos.
Pero, tengo que remachar respecto al dramático caso. Porque la sensibilidad humana, creo, así lo exige.
Además, es necesario que en República Dominicana aparezcan algunos «samaritanos» -que quizás lo hayan, principalmente en organismos del Estado- que vayan en auxilio de esa niñez infeliz y olvidada.
Hace unos meses escribí del espinoso tema. Porque hay que insistir sobre esta dramática situación que viven los llamados «niños de la calle».
Precisar que es una realidad que afecta a la mayoría de los países de América Latina y la región del Caribe.
Pero mientras esa niñez harapienta, indigente, sin ninguna protección, sigue latente en este Tercer Mundo, por estos mismos lares contamos con súper millonarios, que disfrutan de abundantes fortunas. De sus sólidas arcas nada aportan para la protección de esos infelices niños y adolescentes.
No obstante, resaltar que el Fondo de la Organización de las Naciones Unidas (UNICEF), organismo creado para protección de la niñez, no frena su lucha en favor de ese amplio segmento del universo.
En República Dominicana tenemos entidades que hacen grandes esfuerzos para esa misma niñez olvidada tenga alguna esperanza, especialmente en las áreas de la educación, alimentación y salud.
La UNICEF, sobre los niños que vemos en calles y avenidas, explica: «Niños de la calle son aquellos que están relacionados con algún tipo de actividad económica, que va desde la mendicidad a la venta modesta. La mayoría de ellos vuelve a casa de pujar metal al final del día y contribuye con sus ingresos a la economía familiar. Ocasionalmente pueden asistir a la escuela y normalmente mantienen cierto sentido de comunidad familiar”.
El CONANI, creado para darles protección a los niños huérfanos e indigentes, que ni siquiera tienen ni dónde dormir, también busca hacer menos calamitosa su triste estatus social.
Hay que reclamarlo con firmeza: En nuestro país se necesita -ya- que a esos niños indigentes se les ofrezca la indispensable protección.


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