Días atrás, una persona a la que respeto por su espíritu de trabajo, me confesó la decisión de vender su apartamento –que compró hace varios años- debido a que uno de sus hijos entraba a la Universidad “y, sencillamente”, fueron sus palabras, “no podré costearle los estudios con mis actuales posibilidades”. Una señora me explicó que vive en un estado de ausencia permanente. “Todo se me olvida. Cuando no estoy distraída me siento terriblemente preocupada”. Un abogado me expresó haberse visto forzado a vender su vehículo, una camioneta pequeña con varios años encima. “No pude resistir los gastos de reparación”. Hablamos de personas que tienen a sus espaldas toda una vida de trabajo. Quien vendía el apartamento resumió su situación en estos términos: “He iniciado mi cuenta regresiva”. Como la “clase media” no posee voceros –a diferencia de los pobres y los ricos- su realidad de progresivo deterioro no es objeto de atención. Un segmento poblacional, considerado fundamental para la estabilidad social, desaparece o se reduce. Este sector fue, durante muchos años, protagonista de la transformación positiva de la vida nacional. Solo que las condiciones eran distintas. En los últimos veinte años, el costo de la vida ha alcanzado niveles insospechados. Los precios de la educación, de los alimentos, de las medicinas, de las diversiones, de la ropa, de los automóviles, de los cuidados médicos, de los libros, de los viajes, de los combustibles, repuestos y lubricantes resultan prohibitivos. Por favor, no me vengan con “estadísticas”. Sueños que se alimentaron en el pasado, de acrecentar y vigorizar esa clase, han caído en el vacío. Y esto no es pura casualidad, sino que es consecuencia de un ejercicio público histórico cuestionable que ha proyectado sus miras primero en enriquecerse, y después, en crear y aplicar medidas encaminadas a hacer a los ricos cada vez más poderosos. El clientelismo y el paternalismo hacia los desposeídos han tenido como meta –no lograda del todo- la de evitar la ingobernabilidad, la rebeldía y la insurgencia. Esta es la estricta verdad: De una realidad de dinamismo e iniciativas loables, nuestra “clase media” se ha degradado en un sector que se desvive para pagar los gastos imposibles de la existencia, utilizando los financiamientos a corto plazo de las tarjetas de crédito, endeudándose de manera ilimitada, agotándose en múltiples empleos, limitándose hasta más no poder y casi pasando vergüenza para no caer en la pobreza evidente. Mientras, los favorecidos del “nuevo estado de cosas”, hacen ostentación de su opulencia. Los sueños, ideas, prácticas y actitudes de nuestra dirigencia política y social en la que predominaba el consenso en torno a la necesidad de desarrollar esa clase media, pertenecen al pasado. La “renta pública”, tiene muy específicos beneficiarios. Esta “clase media” es ahora, como concepto, una antigualla en vías de su absoluta y definitiva desaparición.
La cuenta regresiva de la clase media
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