Hace un tiempo, un ducho y experimentado periodista de impecable prosa y dominio cabal del oficio, me dijo que, salvo contadas excepciones, en el país ya no se hacía periodismo de profundidad, sino que cada quien –refiriéndose a los periodistas- opinaba y escribía en función de sus intereses inmediatos, particulares o, fácticos.
Un somero levantamiento al respecto, sin duda alguna, arrojaría un deplorable axioma irrebatible. Con toda certeza.
Sin embargo, y a pesar de lo imponderable de la sentencia del amigo periodista, ha sido otro periodista –de coherente trayectoria-, don Rafael Molina Morillo, el que ha puesto –con sobrada autoridad- el dedo sobre la llaga al poner sobre el tapete un fenómeno de cardinal importancia ética en el ejercicio del periodismo, el tema: periodista y política. Al respecto, el impoluto periodista dijo: “Se puede ser periodista y político a la vez, lo que tiene que hacer el político-periodista es no ocultar que es las dos cosas, no ser político de la -secreta- y hacer campaña para engañar a las personas disfrazando las cosas. Yo soy periodista, narro las cosas pero, le digo al público yo pienso de esta manera en materia política”.
Y aquí habría que preguntar, como preguntó alguna vez el Dr. Joaquín Balaguer en una asamblea de su partido: “¿Se oye, o no se oye?”
Esa indiscutible cartografía de Molina Morillo, que retrata –quizás sin proponérselo- de cuerpo entero lo que ya es una práctica consuetudinaria de no poco “hacedores de opinión pública” (que ni por el diablo quieren confesar bando) que más que de periodistas ejercen de políticos de la “secreta” –al menos creen ellos, porque todos sabemos que son políticos-, debió ser primera plana de los diarios nacionales impresos y digitales. Pero que va, esa insoslayable verdad se quedó en el registro anecdótico de un programa de entretenimiento, de una sección de farándula o, de un presentador locuaz.
No obstante, siento una satisfacción enorme por lo dicho por esa montaña del periodismo nacional que es don Rafael Molina Morillo, pues por varios años vengo desnudando a esa claque de periodistas que disfrazan sus preferencias política-electorales de “opinión pública” (vale decir, de oposición política-mediática), de periodismo pseudo “objetivo” sin obviar que su más conspicuo representante -hace poco- tuvo el tupé de autoproclamarse militante del “periodismo libre” -¡válgame Dios!-. Y aún más, confesó que, “…nunca he estado comprometido con un partido ni un gobierno, ni siquiera en los dos años en que fui embajador en Perú y Bolivia (1984-86)”. ¿Y entonces?
Finalmente, me quedo con la cartografía de don Rafael Molina Morillo sobre el dilema ético referido, pero sobre todo, y más aleccionador aún, el haber leído, con fruición y deleite, “Mis recuerdos imborrables” de su autoría.
¡Una joya de invaluable valor ético-histórico! ¡Léanlo!
jpm


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