Antes el dominicano llegaba a Nueva York con fecha de regreso. “Hago mi casa en República Dominicana y me voy”. Dos apartamentos, un solar en Santiago y pa’trás. Ese era el libreto. Ese libreto se rompió.
Hoy hablo con los que llegaron hace 5, 8, 10 años. Les pregunto cuándo vuelven. La respuesta es la misma: “Yo no vuelvo”. Y no lo dicen con orgullo. Lo dicen con resignación.
¿Por qué? Por dos palabras: inseguridad y carestía.
Se van de República Dominicana huyendo de los atracos, de los apagones, de la vuelta que hay que dar para conseguir un papel. Llegan aquí, trabajan duro, y cuando miran para atrás ven que nada cambió. O empeoró.
La renta en Santo Domingo está por las nubes. Por un apartamento que en 2015 costaba 4 millones, hoy te piden 9. El supermercado duele igual que aquí, pero ganando en pesos. Un plátano a 30. La luz cara y se va. La calle, peligrosa. Los hospitales, un suplicio si no tienes seguro privado.

“¿Para qué voy a volver? ¿A que me atraquen saliendo del aeropuerto con mis maletas? ¿A pagar un colegio privado porque el público no sirve? ¿A montar un negocio y que me vivan extorsionando?”, me dijo Ramón, taxista en Brooklyn, con 12 años aquí.
Antes el plan era: aguanta 20 años en EE.UU., ahorra, y vete a vivir tranquilo a República Dominicana. Hoy ese “tranquilo” no existe. El país empuja a su gente, y después se sorprende porque no vuelven.
El dominicano en Nueva York ya no está “de paso”. Compró casa en Long Island. Metió a los hijos en la universidad aquí. Aprendió que aquí la policía llega si llamas al 911. Que la luz no se va. Que puedes caminar a las 10 de la noche sin mirar para atrás.
No es que ame el frío. Es que le teme al calor de República Dominicana: el calor de la inseguridad, de la corrupción, del desorden.
Y duele decirlo: República Dominicana se volvió el país que muchos visitan, pero pocos eligen para vivir. Van en diciembre, gastan, gozan, y el 6 de enero están en el JFK de vuelta. Porque una cosa es vacacionar 15 días, y otra es criar hijos donde un motor con dos tipos te puede quitar la vida por un celular.
El Gobierno habla de “cerebros que regresen”, de “inversión de la diáspora”. Pero no hay cerebro que vuelva a un cuerpo enfermo. Primero hay que curar el cuerpo: seguridad, justicia, costo de vida, servicios básicos. Sin eso, pedir que vuelvan es pedirles que se suiciden económicamente.
Irse era duro. Quedarse era el sueño. Ahora quedarse aquí es la única opción lógica. Se rompió el ciclo. El dominicano ya no viene a Estados Unidos a “buscar y volver”. Viene a quedarse. Y República Dominicana, si no cambia, seguirá viendo a sus hijos irse en una sola vía: sin boleto de regreso.


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