Cumplir ochenta años no es solo un conteo cronológico; es, para quienes han dedicado su existencia a la creación, el momento en que la obra se desprende definitivamente de su autor para convertirse en patrimonio de todos.
Al celebrar las ocho décadas de vida de Mateo Morrison, Premio Nacional de Literatura de la República Dominicana (2010), reconocemos a un hombre que ha hecho de la palabra un territorio habitable.
A lo largo de su carrera, Morrison ha sido un observador privilegiado. Desde el aire de su lírica, ha diagnosticado las heridas y las esperanzas de nuestra nación. Su poesía no es un refugio estático, sino más bien un viaje constante por todos los confines.
A mi juicio, cuando leemos su emblemático poema Pasajero del Aire y nos encontramos con la cadencia profunda de versos como estos:
“Juro que me iré. En el sonido de una voz que reconozca la mía. Detrás de una sonrisa que interrumpa este sueño. Aseguro que me iré a través de todas las experiencias amatorias, desde el Kamasutra hasta El Arte de Amar, en esta mañana donde nuestros cuerpos inventaron una sola existencia. A pesar de todo, juro que me iré”.
Comprendemos que, en la pluma de Mateo, ese «irse» nunca ha sido una huida literal, sino una metamorfosis. Es una invitación del poeta a explorar la esencia humana en diferentes estadios, una expresión de fundirse con la vida y habitarla con la intensidad y donosura de su canto.

Ese «pasajero» que transita por todos los ámbitos existenciales no se va para abandonarnos; se va en su vuelo poético para encontrar todas las voces, todas las sonrisas y todas las experiencias que luego nos regala, transformadas en arte, testimonio tangible en todos los libros que, generosamente, nos ha entregado a través del tiempo.
La trayectoria de Mateo es, en sí misma, la construcción de un legado de coherencia. Como ciudadano ejemplar, promotor cultural, gestor y poeta, ha logrado que la palabra poética no se quede confinada en anaqueles polvorientos, sino que su obra aterrice en las aulas, en las plazas y en el corazón de las nuevas generaciones.
Él ha sido un arquitecto de espacios para el pensamiento crítico. Su «vuelo» nunca ha sido un escape de la realidad dominicana, sino una inmersión profunda en ella para entenderla y elevarla.
Hoy, al honrarlo, celebramos no solo el cumpleaños del hombre, sino la vitalidad de una palabra que desafía el tiempo y el olvido. Al redescubrir su obra bajo la luz de sus ochenta años, estamos conscientes de que su existencia es, para las nuevas generaciones, un mapa de ruta necesaria.
Mateo Morrison ha surcado el aire para dejarnos una estela imborrable, motivo orgullo de todos y cada uno de quienes le admiramos.
Que este aniversario sea, simplemente, un breve aterrizaje para celebrar todo lo recorrido, y lo aún por recorrer, con la firme esperanza de que su pluma, siempre inquieta y vital, siga regalándonos nuevas alturas. ¡Larga vida, poeta!


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