POR CARLOS SALCEDO
Trump y el Papa confirma una tendencia preocupante: el poder ha empezado a comportarse como entretenimiento. Provocar, descalificar, tensionar. Todo vale, mientras capture atención. Y en ese juego, la paz es la primera víctima.
Como sabemos, Trump no debate, dispara. El Papa no compite, advierte. Pero el problema no está solo en ellos, sino en el terreno donde ocurre el intercambio. Sucede en una entorno público que premia el exceso y castiga la mesura. Cuando el ruido se convierte en método, la responsabilidad deja de ser un valor y pasa a ser un obstáculo.
Conviene decirlo sin rodeos: la paz no resiste ese clima
Los romanos lo entendieron con crudeza: si vis pacem, para bellum. Bien entendida, no es una exaltación de la violencia, sino una advertencia incómoda. La paz exige poder contenido, instituciones firmes y límites claros. No sobrevive en la improvisación ni en la lógica del impacto inmediato.
Lo que estamos viendo es otra cosa. Es la sustitución del liderazgo por la reacción. Es el desplazamiento del argumento por el ataque. Es la reducción del adversario a enemigo útil para consumo público. Y cuando esa lógica se instala, deja de ser una estrategia para convertirse en cultura.
Y eso tiene consecuencias.

Cuando el poder se acostumbra a hablar sin límites, termina actuando sin ellos. Cuando la autoridad moral es tratada como un actor más del juego, se diluye un contrapeso esencial. Y cuando la sociedad normaliza ese intercambio, empieza a aceptar como inevitable lo que en realidad es una degradación progresiva.
La paz no colapsa de golpe. Se erosiona lentamente, hasta que deja de ser un valor compartido.
En ese contexto, la pregunta no es ajena para la República Dominicana. ¿Qué hacer frente a esta cultura de confrontación? No replicarla. Las democracias como la nuestra no se fortalecen imitando el ruido, sino preservando reglas, instituciones y límites. Aquí, el exceso no es retórica, es riesgo real de inestabilidad.
Porque la paz no es un discurso, ni una consigna. Es un equilibrio frágil que depende de autocontención y responsabilidad en el uso del poder, incluso – y sobre todo – cuando se tiene la capacidad de imponer.
Las sociedades no colapsan cuando discuten. Colapsan cuando el poder pierde el control de sí mismo y convierte la confrontación en método.
Y cuando eso ocurre, ya no hay debate posible.
Solo quedan las consecuencias.
jpm-am


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