En medio de un escenario internacional convulso, donde el conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos ha tensionado los mercados energéticos y generado efectos inflacionarios en economías dependientes como la dominicana, el país enfrenta una coyuntura que exige respuestas serias, técnicas y responsables. A esto se suman los daños recientes provocados por vaguadas que han impactado comunidades vulnerables, elevando aún más la presión sobre el gasto público y la estabilidad social.
Ante esta realidad, el llamado del gobierno a los líderes de la oposición para que presenten propuestas concretas no es un gesto político vacío, sino una exigencia legítima en un sistema democrático que requiere contrapesos funcionales. Gobernar no es solo criticar; también es proponer. Y es precisamente en momentos de crisis cuando se mide la verdadera estatura de quienes aspiran a dirigir un país.
Sin embargo, la respuesta de la oposición dominicana ha sido, hasta ahora, preocupantemente débil. Más allá de declaraciones reactivas y discursos cargados de retórica, no se percibe un plan estructurado que aborde con seriedad los desafíos actuales: inflación importada, presión sobre los combustibles, vulnerabilidad climática y necesidad de políticas de mitigación para los sectores más golpeados.
Esta ausencia de propuestas no solo evidencia una desconexión con la realidad económica del país, sino también una preocupante incapacidad para articular soluciones viables. La política no puede reducirse a la crítica permanente sin contenido. Cuando una oposición no construye alternativas, pierde legitimidad como opción de poder y se relega a un rol pasivo que no contribuye al desarrollo nacional.
El país no necesita más diagnósticos repetidos ni discursos reciclados. Necesita planes. Planes concretos, medibles, con enfoque técnico y viabilidad fiscal. Propuestas que aborden, por ejemplo, mecanismos para amortiguar el impacto de los precios internacionales del petróleo, estrategias para fortalecer la producción local, políticas de protección social focalizada y acciones claras frente a los efectos del cambio climático.
Cuando la oposición evade este rol, deja al descubierto una realidad incómoda: muchos de sus principales actores ya tuvieron la oportunidad de conducir el Estado, y los problemas estructurales que hoy afectan a la sociedad dominicana no solo persisten, sino que en algunos casos se profundizaron durante sus gestiones. Pretender volver al poder sin presentar soluciones renovadas es, en esencia, pedir un cheque en blanco a una ciudadanía cada vez más exigente.
Decir que no tienen plan ya no es una opción. La responsabilidad política obliga a tenerlo. Y si lo tienen, deben presentarlo. El país no puede seguir esperando mientras quienes aspiran a gobernar se limitan a observar desde la barrera.
En democracia, la crítica sin propuesta es ruido. La propuesta sin acción es ilusión. Pero la ausencia de ambas es, simplemente, incapacidad.
jpm-am


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