Hubo un momento —no tan lejano— en que la República Dominicana dejó de creer. No en la democracia, sino en quienes la administraban. La política se había vuelto ruido, sospecha, hartazgo, asociación de malhechores.
El poder parecía lejano, blindado, indiferente al pulso real de la gente. Y entonces llegó el 2020, llegando al poder el gobierno del cambio, no como promesa, sino como prueba. El país no recibió a un nuevo gobierno con aplausos, sino arrastrando el miedo y la inseguridad que había generado la pandemia.
Desde entonces, el llamado Gobierno del Cambio ha sido juzgado con dureza, otras con memoria corta. La oposición grita que el cambio fue exagerado, que no se ve, que no se siente. Pero hay transformaciones que no hacen ruido, y sin embargo son las que mantienen al país, sin dejar de crecer desde la llegada del cambio al poder.
El cambio empezó donde más dolía: en la forma de ejercer el poder. Por primera vez en mucho tiempo, la justicia dejó de pedir permiso. Los poderosos dejaron de ser intocables.
El Estado comenzó a comportarse como institución y no como propiedad. Eso no llena titulares épicos, pero devuelve algo que parecía perdido: la esperanza de que la ley no sea solo para los débiles.
Se critica que este gobierno no persigue enemigos, sino que permite que la ley actúe. Se le acusa de «falta de carácter» porque no responde al escándalo con escándalo. Pero hay una valentía silenciosa en gobernar sin odio, sin revancha, sin miedo.
Y la verdad es, que mientras el mundo se estremecía, aquí se sostuvo la paz social. Se protegió a los más vulnerables cuando quedarse en casa significaba quedarse sin ingresos.
Se defendió el empleo, se apoyó a las pequeñas economías familiares, se evitó que la desesperación se convirtiera en violencia. Además de grandes obras, se construyen centenas de pequeñas obras que resuelven problemas que por siglos han sufridos pequeñas comunidades.
Podemos decir que el gobierno del cambio, no ha sido perfecto, pero si, indudable y profundamente humano. La economía, -es justo reconocer- golpeada como en todas partes por la pandemia, con el cambio, volvió a ponerse de pie. No por milagro, sino por decisiones.
Y aun así, se escucha la crítica fácil: «la gente no siente el crecimiento». Como si gobernar fuera una varita mágica y no un proceso. Como si décadas de desorden, corrupción e impunidad, pudieran corregirse de un plumazo.
Este no ha sido un gobierno de promesas grandilocuentes, sino de pasos firmes. Menos discursos y más trabajo. Menos propaganda y más responsabilidad. Eso incomoda a quienes creen que gobernar es exhibirse, no servir.
El cambio no llegó como una fiesta, llegó como una tarea posterior a la pandemia. Y todavía se está cumpliendo. La historia no se escribe con consignas. Se escribe con hechos. Y este tiempo, el tiempo del gobierno del cambio, con todas sus dificultades, merece ser contado con honestidad.
jpm-am.


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