Cierto que “la historia reciente de la Iglesia en la República Dominicana exige una lectura atenta, crítica y equilibrada”, pero esa necesidad tiene poco que ver con la exaltación y justificación del rol en la historia reciente del Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez y Monseñor Agripino Núñez Collado.
Todo cambia, y en algo las entidades se tornan diferentes en épocas y periodos distintos. Pero hay valores, idearios, compromisos y convicciones que deben trascender esas variaciones epocales.
Más aún si la clase gobernante y el sistema político, económico y social imperante siguen al servicio a los intereses del gran capital y de las serviles élites de la oligarquía local y la partidocracia pervertida.
Más aún si la cultura dominante apuntala y refuerza todas las opresiones, discriminaciones y exclusiones, determinantes de muchas penurias, intensos sufrimientos y drásticas negaciones de derechos en la vida cotidiana de gran parte de nuestra sociedad. Este es el caso de nuestro país.
Yo sé que no todos los integrantes de la Conferencia Episcopal Dominicana piensan y actúan igual. Ahora es algo más variada su composición, más diversa, pero no lo suficiente; mucho menos lo necesariamente crítica del inhumano poder establecido aquí y en la gran órbita de sistema imperialista occidental.
Esa diversidad del episcopado no tiene en su seno ni la profundidad ni la fuerza necesaria para ir a las raíces y soluciones de los graves problemas que afectan esta sociedad y su inserción en este mundo capitalista afectado por la peor crisis de su historia.
Es bueno que Monseñor de la Cruz informe que, en la actualidad, los obispos, “en su gran mayoría”, no se identifican “con aquellas figuras principescas, sino como servidores del Pueblo de Dios…”
Eso, en cierta medida, podría facilitar una renovación de la Iglesia Católica.
Pero no basta, se queda corto, atrapado en una burbuja retórica de evangelización abstracta, al no enfrentar consecuentemente las causas de las negaciones de derechos a nuestras mujeres y a migrantes semi-esclavizados y vejados, las brutales desigualdades sociales, las crueles consecuencias de la homofobia, el neoliberalismo, el machismo, el adulto centrismo, los fundamentalismos y el odio racista contra el pueblo haitiano.
Evade, además, el Concordato trujillista, reproduce en esta época lo esencial de su apego al poder establecido, puesto que no enfrenta el aplastamiento de nuestra soberanía por EEUU, el neofascismo en auge, los genocidios de EEUU e Israel y potencias europeas, a la vez que ignora la denominada guerra global infinita decretada por el Pentágono y la OTAN.
jpm-am


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