El 7 de octubre del pasado año, tras los ataques realizados por el grupo Hamas en territorio israelí, fue prácticamente unánime la condena mundial contra ese hecho absolutamente injustificado desde la óptica temporal del acontecimiento.
Se entendió que la resistencia palestina había cometido un hecho atroz, cuyos beneficios en términos de la lucha por su supervivencia y su derecho a un Estado soberano, eran cuestionables y había rebasado unos linderos altamente peligrosos.
Incluso, las primeras reacciones de las fuerzas israelíes ganaron respaldo en muchos países, en el entendido de que la nación hebrea tenía derecho a defenderse, aun por encima de que la respuesta apuntaba ya a una desproporcionalidad.

Sin embargo, lo que por meses fue considerado un acto de legítima supervivencia, con el tiempo se transformó en un exterminio brutal, cuyo parangón es solo equiparable a las acciones del Tercer Reich precisamente contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial.
A la fecha de hoy, solo Estados Unidos y algunos de sus aliados son capaces de mirar hacia otro lado frente a la barbarie del gobierno de Benjamín Netanyahu contra la población en la Franja de Gaza.
No es humanamente decente ni éticamente correcto ni militarmente justificable ni moralmente aceptable que una represalia haya llegado a los niveles de crueldad a los que este criminal sediento de sangre ha escalado el conflicto en Gaza.
Netanyahu es un criminal a quien poco le importó—y le sigue importando—la vida de tantos hombres, mujeres y niños que han caído bajo el fuego incesante de sus bombardeos, al punto que ya ningún organismo internacional se halla en capacidad de establecer con certeza cuántas personas han caído bajo el fuego de las Fuerzas de “Defensa” de Israel.
La más reciente acción de sangre de las fuerzas dirigidas por el nuevo Hitler ha sido el asesinato de cinco periodistas que cubrían los hechos en Gaza, quienes fueron abatidos por fuego israelí sin ser beligerantes.
Por lo menos este hecho ha merecido una amplia condena global, lo cual importa en la práctica a un asesino que tiene en cada cañón, en cada bomba y en cada incursión aérea que bombardea Gaza, un seguro de vida para su propia existencia, lo cual lo justifica todo. Y es que Netanyahu, una vez finalice el conflicto, irá a la cárcel.


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